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MALDITO GOTELE ¡No podía creerlo!, ¡llevaba una hora cabalgando sobre la mujer de mis sueños y tuve que parar y abofetearla para que recobrase el conocimiento!. Todo comenzó aquella tarde al salir del cuartel tras hacer algunas compras para el fin de semana (bebidas, aperitivos, etc…), la encontré por casualidad cuando iba hacia el piso compartido que habíamos alquilado para poder dormir fuera del cuartel y, tras una charla más liviana que los saludos iniciales, la invité a comenzar la botella que más le gustase y, para mi sorpresa, ACEPTÓ. Al llegar al piso, mientras yo me daba una ducha para quitarme el polvo de una marcha de esas que te destrozan pies y ánimos, ella se encargó de sacar los hielos y preparar dos “cubatas” que acercó hasta el baño donde me sorprendió con una toalla enrollada a la cintura intentando “aderezarme” como si fuese un menú de oferta y, por supuesto que lo estaba, hacía un par de meses que la conocía y la subí a un pedestal tan alto que no pensé en que se pudiera fijar en mí. La puerta estaba entornada y entró con toda la naturalidad del mundo poniendo uno de los brebajes a mi alcance; ¡no podía creerlo!, ¡ella allí y yo así, con el culo enturbantado!, ¡que apuro!, y ahora ¿qué hago?, mi timidez se sumaba al escepticismo de ver aquella inalcanzable walkiria observando el recorrido de las gotas de agua por mi piel. intentando parecer lo más natural posible en la conversación y movimientos, evité girarme suplicando en mis adentros que pronto se arriara aquella bandera que, como pica en Flandes, se obstinaba en humillar la falta de seguridad de mis 19 años cuando para mi ¿sorpresa, confusión, estupor, ridículo?, la toalla cayó a mis pies no sin sortear aquel obstáculo a modo de perchero. aún no sé que hizo que me pusiera más rojo, si el calor de aquella tarde de julio y el whisky, o el absurdo de aquella situación en que pensaba como disculparme sin mostrar aquella protuberancia que ya comenzaba a dar signos de dolor. Para mayor confusión, y al ir a agacharme, sentí como unos dedos aprisionaban mis testículos con tanta suavidad como la voz que golpeaba en la boca del estómago –déjala donde está, de momento no la necesitas- y sin más, besando y lamiendo, fue llevando su boca hasta un glande tan hinchado como un fresón de Aranjuez para ir engulléndolo con lentitud hasta que alcanzó la pared de su garganta para, después, sacarlo despacio, muy despacio, hasta volver a estar entre sus labios y reemprender, una y otra vez, este ritual mientras sus dedos intentaban fundirse entre mis nalgas. Tardé un poco en reaccionar, parecía que las rodillas se iban a fundir y mis manos se sujetaban al lavabo agarrotadas; empecé a introducir mis dedos por la nuca, jugando con su pelo dorado para terminar sujetando e izando su cara solicitando sus encarnados labios. Al levantarse, inicie un rito de besos que recorrieron sus verdes ojos, la nariz y las mejillas, mordisquee los lóbulos de sus orejas y su cuello, para terminar alcanzando unos labios que ardían febriles y estremecidos, mientras, comencé a ir soltando botones y automáticos amontonando prendas en torno nuestro y viendo como crecían sus hermosos pechos que amenazaban como un miura con la delicada agresividad de dos pezones bravíos que sujeté con la yema de los dedos para sentir como sus pechos, los hombros, la espalda y los labios se estremecían. Fue ella quien me tomó de las muñecas para llevarme hasta el dormitorio donde, al despojarse de su última prenda y recostarse con las piernas entre abiertas, dejó a mi disposición un pubis bien rasurado. Me arrodille en el suelo para idolatrar aquel obsequio de mi diva sin dejar ningún centímetro sin besar ni lamer suave y despacito, hasta que comenzó a abrirse como una granada madura para saciar el ansioso apetito de dos meses de fantasías. Comencé a recorrer sus labios con la yema de mi lengua hasta que quedaron completamente abiertos y húmedos, dejando franco paso a mis labios para succionar, besar y lamer su clitorix hasta que los primeros golpes de placer la indujeron a hacerme levantar para echarme con ella en la cama. - Ahora me toca a mi – y tan pronto como quedé en horizontal se abalanzó para continuar algo que creyó haber dejado sin terminar. Abría la boca y no la cerraba hasta que no sentía el glande que le iba a alcanzar la nuca a través del cuello, entonces succionaba con tanta suavidad que deseabas que por allí mismo se te fuese el alma para poseerla desde dentro. - Hmmmm, levanta la pierna, por favor – supliqué mientras me iba girando como la manecilla de un reloj para intentar alcanzar aquellos labios que había abierto unos minutos antes y que me moría por volver a acariciar, besar, lamer. – Hmmmm, no pares. No se cuanto tiempo estuvimos así hasta que comenzamos a recorrer los muslos a pequeños mordiscos y lametones, la corva de las rodillas, hasta los pies; sus pechos acariciaban mis testículos mientras mi pene se aprisionaba entre ellos hasta deslizarse por el vientre y alcanzar otros labios y otra lengua, húmedos, que le envolvían sin conseguir engullirlo. Un solo movimiento fue suficiente para volver a ver aquellos ojos que llevaba semanas sin poder quitarme de encima, para sentir como aquellos duros pechos pretendían hundirse hasta perforarme el alma, para resoplar como un caballo en pleno galope al sentir como mi pene quedaba encerrado con tanta fuerza y como la amazona comenzaba a erguirse para tomar un ritmo “in crescendo” para lanzarse a un frenesí de movimientos y sensaciones; sus pechos comenzaban a perlarse al mismo ritmo que subían y bajaban, su cara era una maraña de pelo que le hacía parecer una efigie dorada, y entre jadeos de placer y de cansancio, sonó un grito apagado que la hizo caer sobre mi pecho. Habían vuelto los besos, las caricias, las miradas. Nos giramos de forma que la amazona pasó a ser yegua y el corcel jinete; ahora era yo quien comenzaba a mover la pelvis apoyado en los codos para hacer de sus pechos las riendas, comenzaba a empujar un poco hasta que notaba la presión sobre el glande para retirarme sin sacarlo de entre sus labios para volver a empujar hasta donde la vez anterior mientras le iba besando y mordisqueando la boca hasta que la sentía relajarse para empujar con toda la fuerza que era capaz quedando casi vertical – hmmmm, no pares cabrón, no pares -, de nuevo comenzaba a sacarlo todo hasta que notaba como la punta quedaba acariciando su clítoris, volvía a mordisquear su cuello, su mentón, sus labios, sus orejas, a lamerle el cuello, todo sin cesar en meter y sacar el glande una y otra vez hasta que podía sorprenderla con un nuevo empeñón hasta sentir como hacía suyo el bello de mi pubis; - más rápido, más, más, que me voy a correr, hmmmmmmmmmmmmm, siiiiiiiiiii -. No sé si fue buena idea hacerla caso, pero este segundo orgasmo hizo que me asustase al ver que había perdido el verde de sus ojos: - María, ¿te encuentras bien?, ¡María!-, y fue el silencio su respuesta, como lo siguió siendo al agitarla, por lo que opté por unas palmadas que por fin la hicieron reaccionar. - ¿ya?, ¿terminaste?- - no, perdiste el conocimiento y me asusté – - ven, amor, abrázame – Al recostarme sobre ella, notó aún la presión de mi pene sobre su vientre y lo cogió con una mano mientras me sujetaba el cuello con la otra para volver a introducírselo y contornear su cintura hasta que, recuperado de tal confusión, volví a cabalgar a aquella yegua dispuesta a llevarme hasta el mismo fin del mundo. Y fue cuando yo comencé a estremecerme cuando volví a oír sus gemidos, y como un latigazo algo sacudió nuestros cuerpos, y sentí como su alma corría por mi columna y se llevaba la mía a la suya; sus pechos eran mis pechos y yo era el penetrado y ella la portadora de aquel duro miembro que rasgaba mis entrañas bañándolas con violentos golpes de semen mientras sus testículos se apretaban a mis nalgas. Cuando desperté empapado en sudor y mi semen corriendo por mi vientre, pude ver lo inmenso que puede ser un metro cuadrado de techo al gotelé.
Chus_64
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